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Ariel Cusnir

Leonello Zambon

Manos y máquinas (del tiempo)

 

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Hubo una época en que mi misión en la Tierra consistía en desmontar relojes. Mis preferidos eran los relojes despertador. Los mecánicos, a cuerda. Esos de chapa, ruidosos y pesados. Circulares, con unas patitas de lata que los mantienen en posición vertical. Si eran rojos mejor. Pero en verdad el color me tenía sin cuidado, al igual que las herramientas que usaba para desarmarlos, de las cuales no puedo recordar nada con precisión. Si lo hubiera soñado tal vez recordaría todo claramente. Pero no es el caso. Lo real tiene que vérselas con su espejo desierto. Tendría en aquel momento unos cinco o seis años humanos y estaba abocado a mi tarea con pasión. Algún tiempo después me topé con otros, que también resultaron ser agentes espías. Parece que éramos muchos en algún momento de la década de 1970 y ’80 entregados a la misión. Mi tarea secreta, para decirlo con propiedad, no era romper relojes sino desmontar el Tiempo. Para ello insistiría una y otra vez en desmontajes maquínicos progresivamente más precisos. Mis manos aprendieron sin saberlo la forma de embone de estas diminutas máquinas de(l) tiempo que, una vez desmontadas, no podía recomponer. Sin embargo, y a pesar de los progresos en la técnica del desmontaje, nunca pude dar con el Tiempo, que parecía escurrirse entre los engranajes que se desparramaban hermosos sobre la mesa del comedor, como huesitos de un extraño animal extinto.

 

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Por más que abriese la máquina, el Tiempo nunca estaba ahí. Por más que la destruyas o desmontes, nunca vas a llegar a su centro. Su esencia maquínica permanecerá intacta. Con suerte encontrarás partes, restos mutantes que, en cada nueva partición, en cada intento por llegar a la partícula atómica que capture su esencia, emergerá nuevamente como máquina. Esto es lo que les pasó a los Luditas en el siglo XVIII cuando arremetieron contra los telares Jacquard que, efectivamente, estaban destruyendo su forma de vida industrializando y centralizando en las ciudades la producción textil rural. Las manos Luditas destruyeron los telares y se encontraron ellos mismos en el centro de la maquinaria de Estado, formando parte de un dispositivo que tenía a la horca como uno de sus engranajes.

 

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La puesta en máquina del mundo hoy excede el programa de industrialización. Estamos en una era de máquinas del tiempo, en donde el futuro ha sido recluido en el pasado y el presente se ha vuelto continuo. El tiempo como máquina produjo una suspensión del Tiempo. Tal vez es hora de desmontar y construir corredores que vayan en distintas direcciones y velocidades. Atajos por donde colarse y colar otros tiempos. Agujeros por donde escapar. Hacia adelante y hacia atrás. Así tal vez, en esta nueva máquina-remolino-de-tiempo, que probablemente funcione como los sueños al dejar entrar conexiones de sentido en todas direcciones, el futuro deje de pertenecer exclusivamente al pasado y el tiempo no arda como un fotograma detenido delante de la lámpara del proyector.

 

Gabriela Borrelli Azara

Lo doble

 

¿Es la del carro o la del auto? ¿La dejan cuando se van o cuando están llegando? ¿Es la misma? ¿U otra? Lo doble se hace de la materia y también de su estela.

Imaginemos a Ariel Cusnir, a punto de atravesar un campo; subiendo bolsos, libros, pinturas y óleos a la cabina de una camioneta. Imaginémoslos casi como en las transparencias de los protagonistas de estos mismos grabados. Y también imaginemos una pintura de una hermosa muchacha de rulos que Ariel aún no terminó. Después imaginemos la camioneta arrancando, la pintura volando y una rueda atravesándola. Y ahora imaginemos la pintura con la pisada, con las marcas de esa rueda. Imaginemos que esto sucedió pocos meses antes de esta muestra, de esta misma huella que ahora ustedes ven. Una huella que no esperaba su doble, o un doble que se anticipaba a lo que vendría. La vida en paralelo o la continuidad fuera del objeto. Dos maneras de lo par. Una fuga que no puede abandonar a quien la ha creado y toma su forma, casi como cuando una voz aparece en el teléfono y es ese mismo cuerpo que se hace en el tubo, en el aire, en el sonido. Lo doble como continuidad, como marca, como posibilidad de seguir estando, de nunca desaparecer, de siempre ser.

 

Juan Laxagueborde

NO HAY FORMA SIN MOVIMIENTO

 

1. Con lo mecánico no alcanza y sin lo mecánico no se puede.

2. Emile Durkheim produjo hacia finales del siglo XIX una de las primeras teorías sociales y una dicotomía. Lo más moderno sería la Sociedad Orgánica, la vida progresiva. Estaba entusiasmado con sociedades futuristas, embebidas en la tecnología y el ritmo de la máquina aceitada. Estaba pensando en la comunicación, en la satisfacción de tener una función en la comunidad, en el orden que daba trabajar para un ideal mayor, en la organización del ánimo colectivo. A todo esto Durkheim le llama “lazos sociales”, un poco ahorcan y otro poco contienen. Son todos pensamientos sobre la profesión y sobre la especialización. Digamos que había que entender a la sociedad para que funcionara y para que en ella los funcionarios, o sea cada una de las personas, se sintiese parte, engranaje; para que no hubiese lío y la vida se reproduzca hacia su armonización. Una utopía un poco fría donde se estimaban las diferencias entre los sujetos, su individualismo ritmado hacia el funcionamiento social como si fuera un relojito. Durkheim no creía en el interés afectivo, creía que las personas somos más bien calculadoras por naturaleza y nos rige el sálvese quien pueda. Esperaba un imaginario moderno que ponga al dios Sociedad en el lugar donde estaban las mitologías ancestrales cosmogónicas. Es que piensa todo esto porque dice estar en una frontera histórica. Lo que estaría quedando atrás, el reverso de su augurio, sería la Sociedad Mecánica, una forma de vida más inexplicable, inmedible, donde se actúa por sensibilidades comunes a todos los individuos, donde manda la “conciencia colectiva”. Cada grupo, en la vida mecánica, está aislado, no parece desear la prosperidad sino que vive inútilmente, porque sí. No creen los mecánicos en el todo social sino en sus vecinos de cuadra. No valoran la prudencia del rosquero y su agenda llena de contactos para llegar a ninguna parte, más bien se identifican con los suyos y se diferencian de los demás.

3. Cuando Durkheim escribió esto se estaban poniendo de moda las analogías, la teoría a través de la representación, la metáfora como conocimiento. Como expresión de la desesperación de no poder decir las cosas “realmente”. De ahí cierta obviedad: toda teoría es estética, todo esquema es una deformación y una exageración. Toda forma es social, pero también artística y artificial.

4. Si se aceptan estas premisas arbitrarias se me aceptará pensar algunas cuestiones derivadas de ahí. En la obra de Ariel Cusnir hay la capacidad de volver onírica una forma de vida totalmente repetitiva y sacrificial: la forma laboral. Ariel pone a la tecnología en el centro pero para pensar sus huellas, sus fricciones con el corazón de las personas, con su estado de ánimo y con el territorio; literalmente el suelo que pisan. En ese movimiento hace vivir al arte de la promesa y del enigma. Lo que vemos en la calle, lo que soñamos y lo que está ahí, lo que naturalizamos, es el metal donde esculpir para adentro formas que se graben en la hoja y se conviertan en sectores de un fresco general del trabajo cotidiano. Ese fresco extenso, tiritando en la cabeza de los espectadores si los pusiéramos sobre gradas para formar una multitud, discute al arte orgánico, el arte de la profesión y del lenguaje dominado. Ariel se diferencia de esa barbarie y se parece más a los habitantes de agrupaciones prehistóricas, donde todo estaba por hacerse. De ahí que sea injusto que Durkheim llame a todo lo no moderno “mecánico”. Ariel brilla para decirle no a los que creen que el arte es una serie de formalidades sociales, los que andan por la vida del arte como si estuviesen en un sistema, una línea de montaje que los lleva a brindar en copas sobre su propia vida imbécil sin brindarse a los demás ni al delirio.

5. Ariel está en la magia de las cosas comunes, tiene los hilos enredados para deshilvanarse y poder pintar, dibujar o calar del mundo los fragmentos que permitan girar la rueda al revés por un rato. Cambiar la suerte de un momento. La suerte del arte en la tómbola de todo lo demás.

 

Estefanía Papescu

 

Signo sobre

Signo

Dividido vos

Más contexto histórico

Más contexto histórico emocional

Menos contexto físico

Da igual a

Una marca física

Ese detalle nos regala

Ari Cusnir hoy.

 

Ariel Cusnir

La imagen una rueda

 

El año pasado estuve por unas horas en la ciudad de Belgrado. Tenía tiempo para visitar algún lugar, era de noche y hacían unos 20° bajo cero. Tomé un colectivo al centro de la ciudad, caía nieve como si fuera lluvia. Entré a una hamburguesería, hacía calor y no quería volver a salir. Luego fuí a un shopping y me dispuse entonces a visitar la Fortaleza de Belgrado. Tenía varias hectáreas en su interior, y estaba rodeada de muros con portones macizos de 6 metros que delimitaban el adentro y afuera del corazón geopolítico del reino. Belgrado es hoy la capital de Serbia, yo ni recordaba de qué país era. La Ex Yugoslavia. Durante los 90´s se fue fragmentando en Serbia, Montenegro, Eslovenia, Macedonia, Croacia y Bosnia. ¿Qué determina los límites de una nación? ¿La lengua, los casamientos entre reyes, los tratados, la historia?

Se puede determinar solo momentáneamente. Quienes somos nosotros y quiénes son los otros es una negociación permanente. La frontera no solo representa el límite, también el punto de encuentro entre dos cosas. La imaginación es una sustancia resultante de una negociación entre la memoria, los pensamientos, la formación, las formas de nombrar, las experiencias, las personas y los materiales y estímulos que me rodean. Es una forma de pensamiento visual que produce manifestaciones físicas. Es para encontrarse con el otro que la imaginación tiene que materializarse, para materializarse es que necesita de una traducción, esa traducción material hace de frontera. Y esa frontera que toma cuerpo puede ser trinchera de resistencia de la singularidad, puede ser puerta de ingreso a conversaciones y encuentros, puede ser una forma de economía, donde doy algo que el otro no necesitaba, un regalo. Se da un encuentro de singularidades, una manifestación del trabajo humano en estado de no utilidad. ¿Qué es lo humano? Todo esto. Tan extraño. Suena grande pero es una escala 1:1. Persona a persona.

Los sueños son una fábrica desmontada de esa imaginación, y las piezas que la construyen están todas a la vista y sobre la mesa. Esas piezas son nuestros límites. Los límites le dan forma a la imaginación. Los sueños mezclan palabras e imágenes con un enorme poder de síntesis. En este sueño aparece un objeto, que no tiene nombre sino función. Su función es la de unir dos piezas: El eje y la rueda. Es un objeto aparentemente invisible, pero sin él no hay viaje. No hay movimiento.

 

Martu, hoy quiero darte las gracias por llamarme cada día del año.