Cúprica

Ramiro Oller

1. El proceso emancipatorio de la geometría.

El disidente es una de las formas ejemplares del sujeto. Da testimonio permanente de quien elige este difícil camino y asume todos sus riesgos y vicisitudes, construyéndose, contra lo que configure una voluntad de poder coagulada institucionalmente, ya sea su forma tradicional o la actual performativa vinculada a la revolución informática.

El sujeto es palabra y su testimonio, es público, aún cuando pocos o ninguno puedan verlo o escucharlo. Es voluntad, resistencia, lucha, dolor y no experiencia inmediata de sí, ésta no alcanza para ser sujeto.

No existe consecuencia cultural, social, histórica, al margen de la voluntad de liberación. Nada hay más alejado de esta idea que la del individuo libre de toda atadura, que actúa de acuerdo a sus humores, elige sus placeres y hace zapping permanente de los variables modos de ser considerados correctos por la agenda actual, en todos esos campos.

El sujeto, artista en este caso, se fue convirtiendo en actor protagónico de su propia historia, desde las distintas geometrías que le ofrecía su mundo circundante, ya sea el familiar, social, académico y este evento, a través de planos transparentes y otros artificios, nos va ofreciendo mediante metáforas de color, luz y trazo ese camino, que lo muestra en su madurez indubitable, interactuando con nuestra propia historia personal, también hecha de trayectorias erráticas imposibles de describir y explicar desde la geometría.

 

2. De la inhabitación.

En general los seres humanos participamos en espacios de los que la física y la geometría nada saben. Allí los graves pueden ascender y los etéreos caer. En ellos, la psicología realiza grandes esfuerzos para comprender y lo primero que intenta es conscientes, inconscientes, diurnos y nocturnos, honrosos, escandalosos y otros pares semejantes que asolan un yo desbordado demográficamente y que periódicamente expulsa a sus habitantes mediante un instrumental tan heterogéneo como manos, cuerpos, o artefactos que convierten todo ese proceso migratorio en obra.

El artista se ha sustraído de la geometría, de la norma, del academismo vacilante y dominante, del agobiante deseo familiar, alcanzando la mayoría de edad como sujeto que desmiente y reconfigura toda la evidencia física y civil. La tierra puede ser plana y el universo insignificante, depende sólo de como sean mirados y con qué.

Si… está ahí, habla, ríe, duerme, ama, y vive sólo en su obra. Destino grandioso pero trágico y doloroso, de felicidad desbordante pero al mismo de humilde silencio y perplejidad.

Allí, nada podrá serle arrebatado y muchos menos por las interpretaciones que desde el profesionalismo académico o el periodismo que analiza tendencias, podrán analizar el producto desde diferentes aspectos, pero nunca llegar a lo incomunicable que pone la obra en acto.

Sujeto, no es lo cotizable, no está expuesto a las coordenadas de un observador, emerge permanentemente para alojarse en relaciones espaciales y luego temporales propias, surreales.

En el arte es bastante común que el espacio que habitamos esté contenido en un yo al que alberga, de manera tal que, siendo objetos físicos, no sepamos por dónde empezar un recorrido y regularmente pasemos frente a las obras, admirando muchas veces sólo la pared, que elegantemente interrumpe en su triunfante homogeneidad, un cuadro, sin saber nada del itinerario que sólo el guía, el artista ha recorrido.

El artista, hecho de incomprensión, intenta superar ese lugar tan común mediante una pedagogía peripatética, un paseo por el espacio de la muestra, para que la mirada completa de la misma, nos dé una primera comprensión de sentido.

Pero previendo que este recurso también es limitado, agrega en esta oportunidad un libro de artista, para que recurriendo al asiento, nuestro elemento educativo tradicional, podamos leer la imagen desde la triunfante posición de aprendizaje.

Normalmente nos extraviamos en el egoísmo panóptico del creador, ignorando cómo se hamaca en permanente vaivén en su caverna, por qué se detiene aquí o allá, por qué reinicia el trazo, o salta hacia a un plano impensado, esperando hallar su punto de equilibrio.

Su percepción extraviada marcha, visita, otea, buscando un nuevo espacio en el que un trazo inconcluso, encuentre su expresión más propicia. Ver, supone un observador inmóvil, visitar exige que percibamos mientras nos movemos. De allí la metáfora del Horla, compuesto de dos expresiones: Hors y La.

Hors, indica lo exterior y retirado y La designa el lugar cercano. El Horla describe una tensión permanente entre lo adyacente, lo colindante, lo contiguo y lo alejado, si lo comprendemos… pero la cercanía solo se produce en el espacio interior del artista, imposible para la geometría y la física.

 

3. Del vinilo al acero inoxidable y vuelta

Ambos son materiales muy importantes de la revolución industrial avanzada, con múltiples aplicaciones para variadas formas de producción contemporáneas, como componentes fundamentales empleados en muchos objetos que nos rodean cotidianamente, sometidos tanto a la arquitectura, ingeniería, medicina y cumpliendo estrictas normas de fabricación y teorías de diseño vigentes.

Se presentan siempre de manera irreprochable, brillantes, opacos, pero nos llegan homogéneos y sin porosidades, por lo menos evidentes a los sentidos, carecen de las discontinuidades del papel, la tela y del mármol, ni la granulosidad del acero común, sin bordes imperfectos y agresivos y sin los fallos intempestivos de la piedra natural.

Son el resultado de la producción automatizada enmarcada en un férreo patrón geométrico, bajo la tiranía inapelable de la informática y de la robótica y su producción ha escapado hace mucho tiempo al inseguro y cuestionable control humano.

Vincularlos al arte , o sea, a la producción de bienes sin fecha de vencimiento, cuya duración (instante, milenios, etc), contingentes, superfluos y necesariamente singulares, cuya finalidad no es lo útil, sino mostrarnos que no todo en nuestro mundo está regido por la ciega necesidad, supone hallarles una variante productiva no contemplada por los saltos tecnológicos científicos ni por el determinismo para el que fueron concebidos.

El lienzo, el papel, la madera, el pincel, los aceites, ácidos, colores, por el contrario han sido los instrumentos basales y condición necesaria para la producción artística, junto por supuesto al artista y su capacidad creativa para traer al ser siempre algo que falta y mostrar que la realidad es siempre incompleta.

El siglo anterior, atravesado por una transformación permanente y una violencia trágica sostenida en todo tipo de diferencias y desencuentros humanos, permitió también abrir las posibilidades del arte a otros soportes materiales, que fueron rápidamente utilizados por los artistas quienes descubrieron aquellas posibilidades no contempladas por sus productores originales, así como también aplicaron los desarrollos de formas de conocimiento como la cibernética, los juegos de lenguaje, es decir todo el complejo performativo actual, con modificaciones que vinculan este dominio tan preciso e inapelable en sus usos específicos en trazo de artista, interactuando de manera tal que el artista quiebra el fin , pero el instrumento modifica a su vez la voluntad del artista, de modo tal que el deseo humano y la rigidez del instrumento, logran también algo diferente de lo esperado.

 

4. El daimon performativo.

Vivimos en tiempos en que los sabios son desplazados por los expertos. El criterio de operatividad generalizado es el tecnológico, que no juzga sobre lo verdadero o lo falso, sobre fealdad o belleza, sino sobre lo eficaz o lo que no lo es. Su alcance es tan considerable que todo el edificio del saber obtenido, carece en la actualidad de unidad y por lo tanto de legitimidad. Hace siglos desapareció entre nosotros la aspiración a la unidad de conocimiento.

Lo performativo fortalece la eficacia y es muy limitado el conjunto de saberes humanos que hoy escapan a su imperio.

Sin embargo, dos campos bien definidos del saber humano ofrecen resistencia y lucha. Ellos son el de la filosofía y el arte, dado que el filósofo y el artista todavía saben lo que saben y lo que no saben y, en la mayor parte de los casos con certeza.

Uno concluye el otro interroga y en no pocas veces, intercambian estas actividades, pero tanto una como otra actividad impulsan rupturas a los caminos emprendidos que no vuelven a ser transitados de modo continuo. El rizoma es la metáfora más inmediata para explicar estos encuentros casuales, accidentales o azarosos, que logran, sí son exitosos, burlar la legitimación por el poder y el poder por la performatividad.

 

5. Las dimensiones inconclusas

Transitamos una época atravesada por la inestabilidad. Todo lo definido se ha diluido y todo lo diluido no logra ninguna consistencia. No obstante perseguimos ilusoriamente la unidad que nos otorgue seguridad. Esta búsqueda fue confiada a la racionalidad, y su instrumento propio, la razón, se encuentra en una profunda perplejidad. Esta situación sin embargo genera una nueva ilusión y la unidad, ya impensable, adquiere un nuevo protagonismo a través de la performatividad.

Pero la racionalidad en cuanto tal, ya es real. La inestabilidad es nuestro horizonte comprensivo y también perceptivo. Esta inestabilidad se vive hoy en situaciones sociopolíticas concretas y también en el panorama general de los saberes científicos por el desarrollo de la modernidad, En todos ellos se manifiesta una aguda crisis: ausencia evidente de legitimación.

De allí que todo avance, toda expansión del conocimiento se realiza en función de la positividad eficientista. Esta, en la mayor parte de los casos se logra por azar y no por necesidad. Volvemos al punto del hallazgo y de lo casual, pero sin principios de los cuales se deduzca posteriormente la tesis que lo explica. Este dominio de la incertidumbre puede ejemplificarse en el actual estado de una historia de la percepción a través la tiranía de la imagen.

En ella se opera la clausura de las antiguas asociaciones, como aquella de la recta congruente con un sistema de números y aún más, una pluralidad de sistemas formales y axiomáticos capaces de producir enunciados denotativos, quedan en suspenso.

El método de los juegos de lenguaje intentados tampoco logra su cometido para otorgarle realidad a este nuevo espacio curvo mínimo y acotado por un marco que, sin embargo permite avisorar nuevas realidades desde una ilusión sensorial provocada por el artista, situación nueva que exige un concepto que dé cuenta ella. Esta novedad nos permite concluir que desde la racionalidad del artista interactuando con nuestra historia perceptiva genera lo que hemos denominado dimensión inconclusa.

El conjunto de los componentes puestos en juego en esta muestra: técnicas, materiales, trazos, luces, formatos, sujeto, responden en su interacción a un plan, a una estrategia creativa que no repara en derrotas tácticas, forjadas por innumerables fracasos, aquí se produce la certeza de la creación.

O sea, el intento inclaudicable de emancipación «ser sujeto» logró dar a luz un fenómeno de innovación artística, contando con la complicidad de un conjunto de percepciones también historificadas y sometidas a diversas performatividades, constitutivas de nuestra situación trágica epocal. Esta muestra no es bricolaje de figuras, escorzos, curvaturas engañosas, sino que es nuestra realidad hecha de incertidumbre y discontinuidad. Las técnicas, aliadas incondicionales de la revolución industrial y de la acumulación de capital, junto a su desarrollo más efectivo, el arsenal de control informático que performativamente produce bienes y llega al dominio y manipulación de sociedades, se convierte en manos del artista en elemento liberador, retornando una vez más a su neutralidad ética y recupera su papel de medio, de instrumento.

Una vez más, el arte nos muestra el camino, respondiendo con su verdad al mostrar la contracara de la ausencia de legitimación. Corresponde ahora que la razón extraviada en las incertidumbres, salte el laberinto de las mismas para retomar su camino. Esta muestra tiene esa secreta esperanza.

 

Raúl Oller, octubre del 2018.