Calidad Total

Federico Mattioli

 CALIDAD TOTAL – Fuera de Serie

¿Existe algo así como una ¨calidad total¨ en el arte? Y en ese caso, ¿podría pensarse el arte como el producto de mayor calidad que existe?

Hay algo de puesta en escena en la muestra de Federico Mattioli; las franjas de seguridad en la vidriera, las líneas de circulación en el piso, los tubos fluorescentes que iluminan. Pero hay también una precariedad velada, que se trasluce bajo estas promulgaciones de cartelería doctrinaria: los imperfectos en la estampación, la caligrafía manual que vacila, la chapa corroída, hacen que los grandes lemas corporativos, más que impresos parecieran estrellarse contra los materiales. Al otro lado de la sala, como anclada, la obra Scrap (el sobrante que queda tras la impresión de una matriz, una especie de enigma en clave fabril destinado a entendidos de la mecánica), indaga silenciosamente. De ahí en más el uso de la ironía se vuelve la punta de un ovillo que nos remonta al pasado: Mattioli se vale de su propia historia familiar como nieto de un inmigrante industrial y lo que alguna vez empezó como una búsqueda toyotista por la excelencia, devino en una aventura de conurbano llena de sucesos inesperados, de hibridaciones, que en el largo arco de tiempo trazado (uno que abarca el paso de tres generaciones) convierte incluso a sus propios actores. Como una respuesta contenida, el triunfo del óxido se manifiesta lentamente sobre su forma.

La figura que sobrevuela aquí no es la del director anónimo de una enorme automotriz japonesa, ni acaso el invisible aparato de ideología que tiende al control absoluto en una línea de montaje norteamericana, sino la figura del patrón conocido, con todos sus virtudes y defectos: generoso, mezquino, furibundo, cercano, audaz, solidario, desbolado, explotador, paternalista, que sube, que baja, opera la máquina, aprende el idioma, llama por teléfono y se pelea con los proveedores.

La apropiación periférica de esta señalética corporativa de estandarización dentro de una escena metalúrgica a pequeña y mediana escala, da testimonio de quien sueña, ambiciona, y se vale, o inocente o desprejuiciadamente, de cuanto recurso existe a su alcance, en tanto hace y rehace sus planes, una y otra vez, mil veces, cada vez que golpea contra la dureza de la realidad material y concreta, que es, en definitiva, la principal fuerza transformadora.

El progreso no está vedado al mediano industrial, aunque esa fe puesta en la técnica, en la automatización, en todas las grandes promesas de una modernidad pasada, pareciera desmoronarse a cualquier altura de Avenida Calchaquí.

 

Federico Velar